Pank y Revolución – Shane Greene – Review

¿Pank? ¿Qué Pank?

Que un norteamericano haya logrado plasmar con tanto atino un acercamiento vivencial al fenómeno del rock subterráneo limeño de los años 80 sin haber vivido ni en el lugar ni en la época en las que dicha historia ocurrió, debería llamarnos la atención a todos los que de una u otra manera nos hemos esforzado por resaltar y reconstruir por escrito lo ocurrido en el que ha sido el último de los movimientos contraculturales gestados en este país.

La distancia temporal y geográfica parece haberle brindado al autor de Pank y Revolución. 7 Interpretaciones de la Realidad Subterránea, una perspectiva más amplia que la que tenían todos los trabajos impresos previos hechos al respecto; centrados principalmente en recuentos históricos y en anecdotarios que estribaban entre lo interesante y lo intrascendente.

El título del libro supone una advertencia clara. En él, el antropólogo Shane Greene no se limita a contar una historia y contextualizarla, sino que brinda una interpretación de ella, amparada en estudios académicos previos y desde una perspectiva declaradamente cercana al marxismo. Sí, pues: el guiño a los 7 ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana de José Carlos Mariátegui no es meramente cosmético ni hipster, sino que deriva de la visión que el autor tiene sobre la realidad sociopolítica vigente en el Perú durante los años 80, que es cuando el rock subterráneo tiene su génesis y sus apocalipsis.



Así, Greene apela a la división –ocurrida aproximadamente en 1986- entre ‘pitupunks’ y ‘misiopunks’ o ‘cholopunks’, para enmarcar a la movida subterránea en los parámetros de la lucha de clases, vinculando dicho conflicto a esa brecha social que caracteriza a la historia del Perú desde su inicio.  Y si Mariátegui centraba su preocupación en la situación de postergación socioeconómica del ‘indio’, para el autor de Pank y Revolución el problema fue/es el pituco, que en su afán por desmarcarse del país tercermundista en el que a causa de su mala suerte nació, niega sus vínculos con la realidad que le toca vivir.

La ética DIY (Do It Yourself) tomada del punk anglosajón, y la precariedad que caracterizó la gestación de las ‘maquetas’ sonoras, le dan pie al autor para sostener que dentro de la movida subterránea imperaban métodos de ‘subproducción’ y no de producción; entendidos los primeros como manifestaciones contrarias a los dictados formales de la industria musical, incluido el respeto al copyright. Es evidente, pues, que Greene atribuye a los ‘subtes’ una posición crítica frente a los esquemas de producción estándares de una sociedad capitalista, definiendo al primer disco de Leusemia (la única producción del rock ‘subte’ editada por un sello discográfico formal) como “la excepción que hace a la regla”.



La validez de todo este enfoque se sustenta en las características de la sociedad peruana y sus taras y problemas históricos irresueltos entonces y ahora. La efervescencia contracultural promovida desde los predios ‘subterráneos’ entre 1984 y 1988 sin duda tuvo su caldo de cultivo en una coyuntura caracterizada por una institucionalidad debilitada tras doce años de gobierno militar, gestiones gubernamentales poco duchas en el manejo de crisis y no exentas de denuncias sobre corrupción, y la aparición de Sendero Luminoso como una fuerza subversiva revolucionaria que apelaba al terror para avanzar hacia sus objetivos, propiciando respuestas muchas veces igual de violentas e ilegales de parte de un Estado desconcertado.



De hecho, la de Sendero es una presencia constante en este trabajo, y no bajo la forma de ese ‘cuco’ frente al cual los ‘subtes’ más visibles siempre se han apurado en hacer rápidos deslindes ante los medios de comunicación, sino como la de una entidad también subterránea y rupturista. Greene establece en Pank y Revolución paralelos de índole estética entre ambos movimientos en la gráfica de determinados afiches y volantes, y, en una de las secciones más interesantes del libro, se detiene en la obra del Taller NN, colectivo de artistas gráficos y plásticos del que resalta su “ambigüedad estética radical”. Esta se plasmó en la inclusión de referentes políticos en sus trabajos (muertos en la guerra sucia, iconografía revolucionaria) pasados por el filtro del pop art. Por otro lado, se agradece la respetuosa reproducción y análisis de afiches, volantes, fanzines y trabajos gráficos distribuidos a lo largo del libro, cuya portada –siempre será bueno recordarlo- emula a la de esa histórica edición de los 7 ensayos mariateguistas dentro de la Biblioteca Amauta.

Ahora, bien, ¿qué tanto podrán compartir los ‘viejos subtes’ estas interpretaciones? ¿Concordarán que, en efecto, lo suyo fue un movimiento con un fuerte componente político, y no solo una serie de cónclaves musicales y nihilistas de fin de semana? ¿Reconocerán haber escrito sin saberlo un capítulo más dentro de la aún persistente lucha de clases en el país? Pank y Revolución podría iniciar un nuevo debate sobre la verdadera trascendencia del fenómeno del rock subterráneo, llevando el tema más allá de ese estéril y ya francamente odioso endisosamiento en el que se ha visto enmarcado desde hace un tiempo.

Y es que, a estas alturas, cuesta atisbar siquiera cómo es que ha sobrevivido (si fuera el caso) el legado del ‘subte’ a estas alturas del siglo XXI; más allá de esas entrañables ‘subproducciones’ musicales que hoy se reeditan en vinilo aquí y en Norteamérica. El libro de Shane no lo establece, pero tampoco tiene ese propósito. Les tocará a los verdaderos protagonistas decir o por lo menos pensar de qué manera su ímpetu y su arte siguen vigentes e influyentes. Ojalá lo hagan sin miedos ni adulonerías, y luego de eso, tal vez, emprendan la tarea de escribir sus propios libros, en primera persona, y sin necesidad que alguien de afuera lo haga mejor.



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